La Brasa
Torrijos

Dorina

Éste es un capítulo de Combate de Amor en Clave, aquí tienes el índice para seguir la novela.

-Dorina…me…me llamo Dorina. Es de lo poco que recuerdo- Dijo la cosa-consciencia mientras ingería a gran velocidad el alimento que el Alfeizarista le había conformado a través de partes y restos extraídos de la sopa potencial.

No es que le resultase difícil recomponer las partículas potenciales en forma de objetos, al fin y al cabo, a menudo, para matar el tiempo (¿el tiempo?), se entretenía creando siluetas polidimensionales libres de las ataduras físicas y existenciales de sus mundos de procedencia. El problema es que el Alfeizarista nunca había reconfigurado nada para el gusto de otra consciencia.

El problema es que, más allá de alguna visita de La Vieja o de las Tres Reinas, el Alfeizarista nunca había compartido el Limbo con ninguna otra consciencia.

Así que, cuando la cosa que se llamaba Dorina le dijo que tenía hambre, tuvo que rebuscar entre las señales de su mundo de procedencia para encontrar un modelo sobre el que basar el alimento que le ofrecería.

Desde luego, el Alfeizarista había desintegrado inmediatamente a la cosa que se llamaba Dorina al momento de escuchar sus primeras palabras; una alteración tan decisiva de la sopa molecular era absolutamente intolerable (y además, haría saltar las alarmas de La Vieja y los vigilantes, cosa en la que no quería ni empezar a imaginar). Lo malo es que la cosa se recompuso tan rápido como él la había desconformado, en otro lugar (¿lugar?) y mediante otras partículas pero era, sin duda, la misma consciencia.

-Tengo hambre- volvió a decir. Al instante, el Alfeizarista la desintegró de nuevo.

-¿Dónde estoy?- resonó su vocecilla, ¡otra vez!, desde una galaxia de distancia. Un parpadeo en la mente del Alfeizarista y la cosa volvió a no ser más que una amalgama disuelta en el océano de los fotones, de donde nunca debería haber emergido.

-No…no veo bien. Esto no es el Polígono, ¿verd…- En esta ocasión el Alfeizarista no permitió que siquiera terminase su frase. Había empezado a irritarse, a irritarse mucho. Había empezado a preocuparse, a preocuparse mucho más.

El ciclo de formación y desintegración inmediata de la cosa-consciencia continúo durante varios miles de millones de eones hasta que el Alfeizarista comprendió que La Vieja tenía que haberse enterado de un modo u otro. Y también hasta que la cosa que se llamaba Dorina amaneció al Limbo con unas palabras distintas.

-Ayúdame.

Técnicamente y por definición, todos los empleados de La Vieja debían estar desprovistos de moral. Era una cuestión inherente al puesto y la cláusula número uno del contrato. Si ibas a lidiar con asuntos derivados de la moralidad, tenías que permanecer completamente ajeno a ella. Joder, era tan evidente como imposible de sortear. Lo que no sabía La Vieja es que tras tantos milenios en contacto con criaturas no nacidas, con elementos y conocimientos puramente potenciales, al Alfeizarista le habían calado unos cuantos conceptos que, aunque él se empeñase en rechazar, eran eminentemente morales. Primero fue el miedo, principalmente el miedo a no existir; después la esperanza, la fe en una recomposición, en una salida del Limbo; y finalmente la desesperación, concentrada en cada una de las pequeñas protuberancias que intentaban escapar de la sopa potencial pero, claro está, nunca lo conseguían.

Hasta que llegó la cosa que se llamaba Dorina.

Sea como fuere, el Alfeizarista había decidido que, mientras no apareciese alguno de los vigilantes (o la propia Vieja), iba a intentar comprender y ayudar (sí, ayudar) a ese fenómeno distinto y formidable que se negaba a desaparecer, que hablaba, se movía, tenía aspecto de ser humano femenino y, además, afirmaba tener un nombre propio. Así que reunió unas cuantas partículas por aquí, unos pocos fotones por allá, ejecutó un leve escorzo de pensamiento y dio forma a un objeto alimenticio que resultase agradable y apetitoso a la cosa que se llamaba Dorina. Para asegurarse, había realizado un rápido barrido por la superficie noosférica de La Tierra, averiguando así cuál era, precisamente, el objeto alimenticio más requerido, más favorable y más prominente dentro de la nube de conocimiento de la especie humana.

-¿Te gusta?- le preguntó a la cosa de nombre Dorina. –Se llama Big Mac. Te he fabricado otros ciento setenta y tres, por si tienes más hambre.

 -Sí…sí. Está muy buena- respondió la cosa, mientras sujetaba con ambas manos uno de los objetos alimenticios llamados Big Mac y mantenía los ojos muy abiertos, fijos en la forma que había tomado el Alfeizarista.

Porque claro, el Alfeizarista no acostumbraba a tener forma de ningún tipo, pero si quería no aumentar el miedo que ya sentía por sí misma la cosa que se llamaba Dorina, no tenía más remedio que asumir un aspecto que resultase cómodo y amable a sus ojos. Así que, en el mismo barrido que le permitió descubrir los objetos alimenticios llamados Big Mac, había realizado una búsqueda por las formas y los aspectos más amables y celebrados para el conjunto cognitivo de la especie humana. La imagen más repetida era, sin duda ninguna, la de unos seres llamados “gatitos” que parecían hacer las delicias de cualquiera que los observase; sin embargo, al tener un tamaño sensiblemente inferior al hombre y además pertenecer a otra especie, prefirió descartarla por si a la cosa de nombre Dorina le resultase extraño.

Entre las formas humanas más presentes en la noosfera había dos que destacaban por encima de las demás; una era la de un ser humano masculino de mediana edad, piel razonablemente oscura y que parecía ser el Líder de la práctica totalidad de la especie; no obstante, también encontró muchas respuestas desfavorables a esta persona, por lo que decidió finalmente tomar la forma y las características de otro ser humano igualmente prominente, pero con bastante menor resistencia a su figura. Se trataba de un ser humano también masculino, de corta edad y facciones similares a las de un ser humano femenino de corta edad. Quizá se tratase de esa concordancia entre ambos sexos lo que le situaba con tan formidable presencia en toda la esfera social y relacional de la especie. Además, mediante la voz parecía ejercer algún tipo de influencia hipnótica entre los seres humanos femeninos, lo cual favorecía al Alfeizarista puesto que la cosa que se llamaba Dorina era, según todos los indicios, de sexo femenino.

Lo cierto es que la cosa que se llamaba Dorina no dejaba de mirarle con los ojos muy abiertos y una expresión que el Alfeizarista supo reconocer como “sorprendida”, “profundamente extrañada” y “notablemente escéptica”. Quizás tenía que haberse quedado con la forma “gatitos”.

El Alfeizarista vio como la consciencia-con-cuerpo dejaba momentáneamente de ingerir uno de los objetos alimenticios llamados Big Mac y se le acercaba hasta rozarle con la punta de uno de sus apéndices llamados “dedos”.

-Oye- preguntó la cosa de nombre Dorina -¿De verdad eres Justin Bieber?


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¿Quiénsoy?

Hola. Soy Pedro, redactor freelance especializado en cultura y arquitecto y músico de formación. Actualmente publico en Jot Down, Yorokobu y en el proyecto Fàbrica Futur del Ajuntament de Barcelona, entre otras publicaciones. Vivo en Madrid y me gusta tirarme a bomba en las piscinas. Saber más [...]

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