La Brasa
Torrijos

Veo lo que tú ves, oigo lo que tú oyes

Éste es un capítulo de Combate de Amor en Clave, aquí tienes el índice para seguir la novela.

-Ves algo, tía?
Tumbadas en la cama redonda de la habitación del Puerta de América, Belladona y Azalea miraban fíjamente al techo.
-A lo lejos veo la vibración del chico de la barandilla. Esta absorbiendo demasiado flujo. Como siga así mucho tiempo más, le va a partir por la mitad. Creo que debería moverme, pero hay algo…como un parpadeo más cerca, quizá varios, pero soy incapaz de distinguirlo…y no debería ser así.
-A ver si has cogido a un miope, reina.
-No…no, es perfectamente normal, veo, oigo y huelo con claridad todo lo demás, los de seguridad, la chica llorando, los demás chicos…pero estas…cosas…No sé tía, es como sí los de seguridad hablasen con alguien, pero no veo nada más que temblores borrosos.
La noche anterior se habían acostado con 117 personas, empezando con Luis en el mismo baño de la cafetería de El Corte Inglés de Callao. Luego iniciaron un fabuloso tour por los locales nocturnos de la capital en los que hicieron el amor con todo tipo de chicos y chicas: algunos guapos, algunos feos, un par de americanos negros, o sea, super altos, que decían que jugaban al baloncesto, tres niñas lesbianas un poco feuchas a las que dejaron boquiabiertas y algún grupito de chicas heterosexuales supermegamonas que se sorprendieron menos de lo que cabría esperar. Tuvieron sexo individual, en grupo, dos a uno, dos a una, dos a dos, tres a dos y siete a cinco. Con quinceañeros, con quinceañeras, con cuarentones e incluso con una pareja de preciosos jubilados que ya no cumplian los sesenta. Para cuando los tres últimos chicos se fueron de la habitación del hotel (tres jovencitos alemanes muy católicos que habían ido a Madrid a las jornadas esas de encuentro con el Papa), eran ya casi las 8 y media de la mañana y habían reclutado un más que poblado enjambre de mirmidones. 
Tras un desayuno que asustó a la camarera del restaurante del hotel por su abundancia y posiblemente también por su contenido (huevos, chorizo, morcilla, cabeza de jabalí y casi cualquier otro tipo de embutido rojo que estuviese en la carta), volvieron a la habitación, se tumbaron en la cama y empezaron a explorar por todo Madrid cualquier traza del chico que se había acostado con Lucía. El aura con que Lucía le habría impregnado sería divisable desde una buena distancia, aún mayor si le hubiera convertido en su propio mirmidón. Sin embargo, tras una primera observación descartaron este hecho, pues a menos que el chico hubiese abandonado la ciudad, debería sería perceptible a simple vista desde kilómetros y desde luego no se veía nada similar desde Aranjuez hasta la sierra.
Lo que si vieron con preocupación, aunque no con demasiada sorpresa fueron varias fuentes inusuales de flujo. Si efectivamente el Limbo se estaba llenando a gran velocidad era hasta normal que tanta información potencial escapase y la concentración de fe que les había llevado a ellas a Madrid, lógicamente, reconducía ese flujo al mismo lugar. 
Podían haber poseido a algún mirmidón y haberle llevado a echar un vistazo donde estaban las fuentes de información potencial, pero no fue necesario, pues ellos mismos batían casi toda la ciudad solitos. Una ventaja más de tener tantos. Y una ventaja más del sexo sin preservativo, tía.
Gunther se había separado un poco de los nuevos amigos que había hecho en las JMJ y miraba fíjamente hacía el tipo que gritaba en la barandilla. Estaba absolutamente fascinado pese a que no entendía casi ni una palabra de español.
-Crees que debería poseer a este y acercarme más?- preguntó Azalea.
Desde el borde Sur del Punte de Segovia, Marina y Julia se fumaban un cigarro mientras observaban el follón que se había montado junto a La Riviera.
-No creo, tía. Yo también estoy mirando y veo las mismas cosas borrosas que dices. Si alguién se está escondiendo de nosotras, prefiero que no nos vea, de momento. Además, que tengo otras fuentes localizadas: tres chicos un poco más río arriba y un gato bastante más al sur- respondío Belladona.
-Un gato?
-Sí tía- contestó con cierta intranquilidad.
-La cosa se va a poner fea, me parece a mí…Jolín, el tío está cantando canciones que no existen…
-Madre mía, el Alfeizarista está dejando salir de todo, tía, y la Vieja lo ha tenido que ver.
-Tía, creo que la Vieja ya ha mandado a la caballería- apuntó Azalea mientras saltaba más de medio kilómetro a otro mirmidón que conducía justo detrás de un Seat León amarillo.

COMPÁRTELO:

¿Quiénsoy?

Hola. Soy Pedro, redactor freelance especializado en cultura y arquitecto y músico de formación. Actualmente publico en Jot Down, Yorokobu y en el proyecto Fàbrica Futur del Ajuntament de Barcelona, entre otras publicaciones. Vivo en Madrid y me gusta tirarme a bomba en las piscinas. Saber más [...]

CUÉNTAME