La Brasa
Torrijos

Nubes

Éste es un capítulo de Combate de Amor en Clave, aquí tienes el índice para seguir la novela.


Llevaba tumbado un buen rato en la cama pero estaba claro que no iba a poder dormir. 
El roedor no me molestaba especialmente, la verdad. Hacía un rato que se había acurrucado junto a mí y ya no me miraba a través de esos apenados ojillos.
Al llegar a casa, había aparcado en la calle en lugar de meter el coche en el garaje porque quería dejar la chinchilla en la clínica veterinaria que había justo bajo mi ventana.
Había sido el único comercio que duraba en el local derecho del portal. Antes había sido una tienda de pinturas, una charcutería -que fue absorbida por el supermercado del otro lado de la calle-, una peluquería e incluso una tienda de chinos de todo a 1 euro. Ninguna aguantó más de 3 meses.
Los vecinos la llamábamos la esquina maldita, aunque la afirmación era falsa, porque realmente no estaba en ninguna esquina.
Recuerdo cuando se hizo la reunión de la comunidad para hablar del nuevo negocio. Había quedado claro desde el principio que nadie quería un bar; metía follón y podía pedir licencia nocturna, con lo que el follón se prolongaría más de lo que el abogado gordo del 3º A y presidente de la comunidad en ese momento quería aceptar.
La cosa es que nosotros tampoco teníamos mucho que pinchar ni cortar en la decisión; si el nuevo propietario del local quería abrir un bar, un club nocturno o una serrería, con tal de que tuviese los papeles en regla y los permisos del ayuntamiento concedidos, podría hacerlo sin que nadie tuviese derecho a oponerse.
Yo insistía en poner tal cosa de manifiesto en la reunión, pero parece que el abogado tenía “contactos” que podrían impedir que allí, a nuestra puerta, se abriese nada que a él le importunase. Le veía jadear y mover el tripón con dificultad bajo la camisa de rayas con cuello y puños blancos, mientras hablaba de sus “amigos” en la Gerencia de Urbanismo y en el propio Ayuntamiento.
La verdad es yo imagino que como mucho podría encadenarse a la puerta del negocio, pero no le veía yo ponerse una cadena de acero alrededor de la cintura, entre otras cosas porque me costaba imaginar una cadena de acero capaz de abarcar su formidable perímetro abdominal.
Aún estaba sonriéndome con esa imagen mental cuando entró en el portal el nuevo propietario del local. Un tipo joven y bien parecido.
-No, qué va!- rió –una clínica veterinaria. Antes trabajaba de adjunto en otra, pero desde siempre he querido tener la mía propia.
 Sonrisas, un par de palmadas de aprobación y fin de la asamblea de vecinos. El abogado podría volver tranquilamente al 3º A, dejar tranquilos a sus “amigos” y a sus “contactos” y meter la camisa en la lavadora porque los rodales de su sudor axilar habían empezado a juntarse por delante del pecho.
El veterinario terminó de pasar por el lomo del roedor una especie de detector de metales portátil como el de los vigilantes de seguridad del aeropuerto.
-No tiene chip. 
-Nada?
-Nada. Es imposible saber quién es su dueño. Y quién dices que te lo ha dado? 
-Creo…creo que no te lo he dicho. Una vieja amiga dice que se lo encontró en la calle y ella no puede hacerse cargo porque es alérgica.
-Bueno, si te lo quieres quedar, te recomiendo que lo regularices cuanto antes, le pongas el chip y le abras el pasaporte. Nosotros podemos hacértelo si quieres, o incluso llevarlo a un refugio si no quieres quedártelo.
Había entrado a la clínica veterinaria con la firme intención de dejarlo allí y que se hiciesen cargo ellos. Después subiría a mi casa, entraría en mi habitación, bajaría la persiana, me metería en la cama y me olvidaría del bicho, de la Moroco, del conserje negro, del apartamento vacío y de Lucía. Me levantaría a la hora de comer, llamaría a Jorge e iríamos a hacer nuestra visita de obra.
-No…no te preocupes, me la quedo yo. Ya la traeré el lunes para ponerle el chip y hacer todo lo que sea necesario.
Y había bajado la persiana, eso sí, pero todo era muy brillante, demasiado luminoso. Incluso a través de las breves rendijas de la persiana se colaba la claridad de un mediodía en la playa. Veía pequeños haces de polvo resplandecer flotando sobre mi frente y avanzar lentamente hasta la sábana, apenas guiados por los remolinos fractales de la respiración de la chinchilla cuando se entrecruzaba con la mía. Y algunos golpeaban la esponjosa piel del animal y podía ver cada pelo y cada mota –cada ácaro muerto- atrapado en el velludo bosque infinito que subía y bajaba con cada inspiración y expiración.
Otros rayos se posaban sobre mi mano y sobre mi brazo y sobre la cicatriz de la operación de radio. Y bajo mi piel, notaba como el metal de la pieza que mantenía unidos los dos extremos del hueso se calentaba levemente.
Eran las diez y media de la noche y pedaleaba en dirección a mi casa desde el gimnasio por el Polígono Marconi. Era el camino más corto y aunque a esa hora había bastantes coches con la costumbre de parar de forma más o menos inopinada para iniciar transacciones con las damas que poblaban la acera, lo cierto es que era preferible a la mañana y sus camionetas, trailers y camiones-góndola articulados.
Un coche frenó de manera más inopinada de lo habitual y preferí esquivarlo.
La rueda delantera se clavó en un bache del asfalto, imperceptible para la amortiguación de un automóvil, pero lo suficientemente profundo como para lanzarme despedido por encima del manillar.
Luego llegó el dolor.
Aunque tuve fuerza para sacar la bici de la calzada, enseguida me tiré en el suelo de la acera, posiblemente ante la visión de mi antebrazo izquierdo que ahora se doblaba en una articulación nueva.
Recuerdo el revuelo y como en seguida dos putas de cierta edad se inclinaron sobre mí para preguntarme qué tal estaba. Fueron muy amables, me ofrecieron agua de una botellita cuando se la pedí y estuvieron conmigo todo el rato hasta que llegó la policía municipal y la ambulancia.
Incluso recuerdo que una de ellas puso su mano sobre la mía para intentar calmarme. Era bastante vieja y hacía mucho tiempo que la belleza se había caído de su cara, pero me sonrió como una abuela haría con su nieto cuando le limpia las rodillas de polvo tras caerse jugando al escondite en el parque.
No…no…no fue así. No fueron dos prostitutas de avanzada edad. No sé porque estaba pensando eso, porque no fue así.
Quien se acercó fue una chica joven, alta, rubia, muy guapa, creo que rumana. La veía casi todos los días que pasaba por el Polígono, y a menudo me saludaba al pasar junto a ella.
Incluso un día crucé con ella un par de frases porque había parado cerca para contestar al teléfono aunque ella no podía hablar mucho tiempo conmigo porque no quería espantar posibles clientes. Yo era “el chico de la bici”.
No recuerdo si le llegué a decir mi nombre, pero ella si me dijo el suyo. Cuando me cogía la mano le vi sonriente entre los destellos rojos y azules del coche de policía que acababa de llegar.
Miraba al techo desde mi cama, veía cada colina y cada cordillera del gotelé de la pintura, pero no podía recordar con precisión el nombre de la chica que acababa de olvidar. Tenía un nombre de Europa del Este, eso seguro…pero…me dolía el brazo y la cabeza.
Empezaba por D?
Daniela…Davinia…

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Hola. Soy Pedro, redactor freelance especializado en cultura y arquitecto y músico de formación. Actualmente publico en Jot Down, Yorokobu y en el proyecto Fàbrica Futur del Ajuntament de Barcelona, entre otras publicaciones. Vivo en Madrid y me gusta tirarme a bomba en las piscinas. Saber más [...]

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