La Brasa
Torrijos

El día después de ayer

Éste es un capítulo de Combate de Amor en Clave, aquí tienes el índice para seguir la novela.


La espada flamígera punzaba y cortaba y hacía pedazos y destruía.
Yo estaba agachado en el asiento, con las manos sobre la cabeza. Quería gritar, pero apenas un soplo escapaba subiendo por los alveolos y los bronquiolos, y luego por la tráquea hasta la laringe, sin poder mover las cuerdas vocales, y después la boca y la lengua y a través de los labios. Y al salir al aire se incendió inmediatamente en una leve llamarada como la que emitiría un mechero bic con apenas gas para encender un cigarrillo. Todo el espacio a mi alrededor era paulatinamente más denso, como una gelatina transparente.
El coche latía en rojo, y luego en naranja, amarillo. Y finalmente en blanco. Primero estalló la luna trasera, después los retrovisores, luego las ventanillas traseras al unísono; apenas una fracción de segundo después lo hizo la ventanilla delantera izquierda y poco después la derecha.

Miguel trepó de un salto sobre el capó del Toyota Yaris, que palpitaba al rojo blanco y arrancó el parabrisas delantero con un gesto. Sinceramente no recuerdo si llego a tocar el vidrio.

El aire era ya tan sólido que yo apenas podía mover el cuello y los ojos. Antes de que Miguel atravesara mi pecho con su navaja y me pudriese el alma, vi como Bijoux trepaba sobre mi regazo y me miraba con una expresión compasiva, pero también malévola.

Luego desaparecí.

Adrián, Santi y Pablo no tuvieron más remedio que matar a los demás clientes del Diplodocus. Como solo disponían de sus manos y sus dientes, apenas lograron acabar con la vida de diecisiete y mutilar a otros cinco antes de llegase la Policía.

Manuel llegó a casa y entró al baño. Vomitó un millón de huevas de salmón. Inmediatamente se masturbó sobre las huevas y estas quedaron fecundadas.

Bubastis soñó con un nuevo Concilio de Gatos, aunque estaba casi segura de que aún no habían pasado mil años desde el anterior.

Rubén volvió a acercarse a Ana, pero ya no sentía la menor excitación por su cuerpo. El hecho de que solo tuviera dos pezones le causaba una indescriptible repugnancia y así se lo dijo. Yo tampoco.  

(Suena la campanilla de uno de los ascensores).

Siguiente capítulo: Sombras en una batalla

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Hola. Soy Pedro, redactor freelance especializado en cultura y arquitecto y músico de formación. Actualmente publico en Jot Down, Yorokobu y en el proyecto Fàbrica Futur del Ajuntament de Barcelona, entre otras publicaciones. Vivo en Madrid y me gusta tirarme a bomba en las piscinas. Saber más [...]

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