La Brasa
Torrijos

Un conejo perezoso

Éste es un capítulo de Combate de Amor en Clave, aquí tienes el índice para seguir la novela.

Abrí un ojo con el dolor de las múltiples arañazos y laceraciones que la tía me había practicado en la parte superior de la espalda, la parte media de la espalda, la parte inferior de la espalda y la parte de la espalda que no es espalda.
-Ay!
No, tocárselas no parecía una opción.
No había nadie en la cama. Osea, a parte de mí y del pompón de tamaño medio que respiraba plácidamente a mis pies.
La silueta de Lucía se adivinaba contra la vidriera de la enorme terraza que abría al dormitorio. Seguía desnuda.
El concierto nº 4 en Re Mayor Opus 53 para martillo neumático, orquesta y coro, interpretado por la Real Filarmónica de Ferrovial atacaba los primeros compases del segundo movimiento dentro de mi cabeza cuando hice ademán de incorporarme, así que decidí que sería más adecuado arrastrarme hasta mis pantalones para buscar el móvil y mirar la hora.
El móvil se había quedado sin batería, que sí, que los smartphones son muy chulos y muy molones, pero chupan más que un Chevrolet Impala del 71 intentando salir de una carretera embarrada. 
Haciendo acopio de fuerzas, me levanté. Poco a poco. Primero sobre las rodillas (ahí entraban las trompetas y las excavadoras). Luego me senté en el borde de la cama (la percusión y las cuerdas a todo meter). Tras un breve momento de indecisión en el cual valoré como una alternativa plausible seguir en esa postura para el resto de mi vida, decidí volver a mi naturaleza bípeda y ponerme en pie (finale triunfante con solo de apisonadora, martillo de desencofrar y coda con los cañones del 6º regimiento de Infantería de Marina).
Rectas, curvas, leves, profundas, aisladas o entrelazadas, el espejo del baño me enseñaba como numerosas marcas rojas surcaban sin pudor ninguno la otrora blancuzca superficie de mi cuerpo. Abrí el armarito sobre el lavabo con la esperanza de encontrar algún analgésico y si pudiera ser, una crema para las escoceduras, las quemaduras o la antitetánica; pero solo encontré los enseres habituales de cualquier armarito: pasta de dientes y cepillo, lápiz de labios, sombra de ojos, lápiz de ojos, lápiz perfilador, lápiz de cejas, lápiz de pezones, base, colorete, brocha, desmaquillador y un kit de manicura francesa.
Y un relojito digital: 11:21.
-No madrugas demasiado?
-No puedo vivir sin la luz de la mañana. Me da la vida.
-Ya pero es que no hemos dormido ni dos horas. Yo voy a volverme a la cama.
Se acercó hasta rozarme la mejilla con una mano y fue como si a su alrededor existiese una burbuja invisible que absorbiera el sofocante calor que había en una burbuja invisible a mi alrededor. Me besó en la boca muy suavemente, casi sin tocar.
-Vuelve a dormir.
Y casi obligado por una fuerza no tangible retrocedí sobre mis pasos hasta la cama. El roedor pijo con la forma y el tamaño de un esponjoso balón de fútbol-sala había ocupado el espacio donde antes estaba yo, así que le aparté con delicadeza y mientras lo sostenía entre mis manos me volvió a mirar con condescendencia, y diría yo que hasta con un poco de pena, pero no opuso resistencia al traslado.
Me dormí de nuevo.
Soñe con películas de terror francesas en las que un psicópata destruía a sus víctimas con una pistola que las descreaba de la existencia.

Siguiente capítulo: Un conejo parlante

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Hola. Soy Pedro, redactor freelance especializado en cultura y arquitecto y músico de formación. Actualmente publico en Jot Down, Yorokobu y en el proyecto Fàbrica Futur del Ajuntament de Barcelona, entre otras publicaciones. Vivo en Madrid y me gusta tirarme a bomba en las piscinas. Saber más [...]

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