La Brasa
Torrijos

Donde se cuenta la singular prueba a la que nuestro heróico héroe es sometido y que fue acometida con estupenda heroicidad

Éste es un capítulo de Combate de Amor en Clave, aquí tienes el índice para seguir la novela.

Viéndose en el inmoral, si bien gozoso, umbral de la coyunda con dama o, Dios no quiera, doncella que sería desposada en las próximas horas, no pudo mi magín más que cavilar en el camino hasta mi autocarro y aún más en el propio trayecto, sobre las circunstancias del encuentro con tan bella señora y los porqués de sus respuestas. No encontrando razón alguna a interponerme en los acontecimientos venideros, temiendo que al traste fuesen, mantúveme en silencio toda la travesía sin más palabra que algún complemento a la belleza y donaire de la dama aquí y allá, ni más obra que el desliz propio de mi mano entre faldas, enaguas y calzones más allá que aquí; que fueron amablemente interrumpidos entre jolgorios, pues dificultaban su correcto manejo del automóvil.
Arribamos a la morada de la señora Lucía con los primeros resplandores de la aurora que alegraba cielos y tierras; y a la entrada no pude más que maravillarme ante la delicadeza de sus ornatos, el esplendor de sus vistas y, debo decirlo, el tamaño de la misma, tan grande como tres casas mías. O incluso mayor, que soy yo hombre de valores y cultura pero pocos bienes.
-Y vive vuestra merced sola en tan espléndida estancia? Sin la compañía de dama o varón ninguno?
-No, claro. Vivo con otras dos buenas amigas mías. Conmigo estaban en el baile donde le conocí a vos. Y ahora, venid a mi lecho- Y acompañó la afirmación con una dulce risita y una enigmática mirada, que encendió los mis adentros aún más de lo que estaban, y ya estaban como brasas en la lumbre.
Y como es bien sabido que buenos actos llevan a buenos resueltos, de igual forma los actos imprudentes vienen de pensamientos fervorosos, y sospechando que mi verga ardería por energía espontánea si no era aliviada, arrebatele a la dama el vestido verde y rojo de un tirón y abalanceme sobre sus gruesos labios y sus blancas carnes presto al pecado original. Pues era su cuerpo un cuerpo hecho para el pecado de la lujuria, tal y como es el mío uno hecho para el de la gula o la pereza.
Cabe decir que la señora Lucía era aún más hermosa en su desnudez: de piel nívea y prístina cual macael, su pecho palpitaba entrecortado como rocoso melocotonero; de cintura estrecha y caderas anchas, el vientre plano y el venus liso sin vello ninguno; el cuello terso y agitado y los ojos con un fulgor anaranjado al albor tempranero. En verdad todo su cuerpo pareció resplandecer con la luz de la mañana.
Un brillo singular que bien confrontaba con la llama de sus rizos, sus uñas y su mirada.


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Hola. Soy Pedro, redactor freelance especializado en cultura y arquitecto y músico de formación. Actualmente publico en Jot Down, Yorokobu y en el proyecto Fàbrica Futur del Ajuntament de Barcelona, entre otras publicaciones. Vivo en Madrid y me gusta tirarme a bomba en las piscinas. Saber más [...]

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